viernes, 13 de febrero de 2009

-El block, la Biblia, la muerte y yo-

Últimamente tengo la sensación de que una hoja me va a cortar. Las miro descansar tímidamente en mi banco, simétricos y filosos rectángulos de vidrio. Juntas son un bloque blanco como la escarcha, de piel áspera e inofensiva (al menos en su aspecto) para los pícaros dígitos, sedientos de sensaciones, que parecen actuar libres de cualquier imposición de control en el aire.
Quiero una, sí es cierto, para usarla de forma egoísta, desparramar tinta por su cuerpo y transformar su independencia en algo de utilidad. Sé que no disfrutan de separarse del grupo por eso me acerco como acechando, pongo mi mano completa sobre la superficie para tranquilizarlas y liquido el asunto con un solo movimiento. Las tomo de abajo tratando de ponerlas rígidas, de controlarlas, la fricción en este punto es impresionante parece que nunca se soltarán, se aferran al micropuntillado, se estremecen, gritan, un movimiento ondulante y crack, excito del garrote vil. Una parte queda en el block, queda atada a esa infame caja de alfileres, la otra parte, considerablemente mayor, queda en mi mano, en ese momento puedo sentirla envuelta en ira.
La gente comienza a mirarme interesada, tengo miedo, es algo nuevo en mí pero no es para nada absurdo. El trámite jamás fue gradual, de pronto recuerdo a las malditas hebras doradas, hechizos de carácter esférico, son el filo de la katana invencible, son la sierra y mis manos jabonosas. Sufro, mi cuerpo recibe la sensación archí conocida del hielo seco, comienza a haber una distancia entre mi pecho y la camisa como un pequeño espacio de aire. Y de repente llega, entró en pánico.
Me mareo, siento fiebre y comienzo a delirar. Una tormenta oscura e intensa bajo mi piel fluye fuerte en su sistema cerrado...Solo una mano puede cometer este acto tan inusitado de extrema violencia desde la absoluta ignorancia o torpeza. Puede tomar la hoja y despojarme de ella súbitamente (su intención sin embargo es clara), y es suficiente un suspiro, cerrar y abrir los ojos, ella se escurre entre mis dedos de forma sutil como una brisa y con total impunidad comienza el fatalismo.
Me inquieta aquel primer momento cuando uno siente a esa pequeña nube volverse acero de una fragua sal, la persona que tira tal vez también lo siente pero ya no puede parar. Sierra, espada, alfileres, los bordes de oro de aquel libro inútil, las manos sienten al hilo cósmico, este recibe heroico la bendición del sol y rápidamente penetra la carne abriéndola en dos, ¡y quien sabe cuan profunda es la tortura!, acaso toca el hueso o juega con los nervios. Todo se volvería escarlata, el líquido mórbido ensucia todo y corre con desagradable languidez por la palma, deseando volver lo más pronto posible a la tierra donde pertenece.
La reacción es animal, un grito primitivo escapa ajeno al tiempo desde mis labios ahogados. La incisión fue justa y la herida se vuelve un lugar fundamental en el espacio. Respondo veloz, llevo ese apocalipsis a mi boca, allí donde toda la humedad es como lacerarte, y percibo, lleno de un asco tranquilizante, el sabor acre y en un instante el pandemonium se hace general. Me acompañan los sobrevivientes hasta una fuente, en esta el agua clara actúa cual caricia de hada y se lleva el estanque errático de mi carne. Al volver en mi veo el corte perfecto como un trueno y la sensación turbia de la venganza me hace temblar.
De todas maneras se que esta apreciación es insuficiente. El agresor podría venir por la retaguardia y tomar la seda marfil por mi espalda. Esta situación es desde ya mucho más caótica, la tela algodonada escaparía fugaz con un objetivo muy poco honorable: el ataque directo a la cara. Quizás llegue a correrme, aun así la piel facial, las orejas o la gran nariz quedarían expuestas a la maldita navaja. Sin embargo, si no hay suerte, cualquier globo ocular sería presa fácil. La pupila como siempre apuntaría hacia arriba con el terror, queriendo tal vez buscar la salvación a la masacre que esta tan cerca. Pero nada. Sucede en un instante quasi místico, la punta bisturí traza una separación diagonal muy segura en la esclera, se moja, se torna acuosa y desnuda el mundo que desaparece por un segundo, las manos buscan estúpidamente detener al agresor, pero es inútil. Sale líquido, pus, una pelotita transparente y otras porquerías del hueco negro, el dolor existe en toda dimensión.
“¡No soporto más!”, me hecho aniñadamente sobre el mar blanco, me avalancho rápido y tomó prestado de otra mesa un puñal (“azul o negro, es lo mismo, por favor”) y escribo atolondrado mi nombre, ahora me pertenece y nadie puede cometer ninguna atrocidad que no deseo conocer.
¡Basta ya!, yo soy un hombre serio y aun queda mucho que hacer en la oficina. Miro discreto con los ojos a ambos lados, es increíble nadie me ha prestado la más mínima atención , a veces pienso que si sucediera una emergencia en este lugar nadie haría ni lo mas insignificante. Al caer el sol dejo el trabajo y busco las llaves, lamentablemente lo veo. Esperándome en un rincón sin luz aun le quedan varias balas rayadas en su cargador

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